De una cosa tan sencilla y que, posiblemente, nadie
echaría en falta, yo hice el centro de mi mundo y, sin darme cuenta, posponía a
Dios en segundo lugar. ¿Que suponía esta
contrariedad con lo que sucede en Ucrania, en muchos hospitales, en muchas
familias y personas que pasan necesidades, sed y hambre? Muchos pueblos subyugados,
explotados y cautivos. ¿A dónde estoy mirando? Empecé a darme cuenta de que
Dios me estaba mirando y que me estaba señalando paciencia, misericordia y
amabilidad. Es decir, ser fiel al amor. O lo que es lo mismo, a Él. Porque, Él
es, precisamente eso, Amor.
Y, después de un día aciago y triste, donde me perdí
lo más grande, la Eucaristía, me di cuenta de que lo importante es Dios. Un
Dios Padre, que me quiere, que me enseña a superarme y a darme cuenta de que,
tras la cruz – que puede ser pequeña o grande – está siempre Él. Él que le da
sentido, que nos ilumina, que nos anima a superarnos y a esforzarnos en poner
los medios para levantarnos y seguir adelante y, por su Gracia y Amor, a amar
también nosotros. Y lo hacemos en cada momento que tratamos de ser pacientes,
misericordioso y amable manteniéndonos fieles a su Amor. Porque, con Él cambia todo
y la vida recobra su esperanza y sentido.
Y, lo novedoso, ¿no será este una nueva etapa donde mi
corazón y conversión avance y crezca? ¿No será este accidente una nueva forma
de avanzar y de crecer en paciencia, misericordia y amabilidad, fortaleciendo
la fidelidad al Señor, Camino, Verdad y Vida? Empiezo a darme cuenta de que el
Espíritu Santo ha aprovechado esta ocasión para señalarme otra manera de
caminar. En sus manos me pongo. El tiempo y el día a día lo irá descubriendo.
Gracias a todos, y un fuerte abrazo en Xto. Jesús.